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El Coto de Bros
Blog de Caza
21 de Diciembre, 2015    General

¡¡ QUE COSAS TIENE LA CAZA !! EL JABALI DE LA SEGUNDA OPORTUNIDAD.








La caza, al igual que la vida misma, es un cumulo de  circunstancias. Es un escenario real en donde transcurren diversas vicisitudes que, por lo inesperado de su formación,  a veces no cejan  de sorprendernos. Pasa el tiempo; suceden vivencias que quedan para el recuerdo y, uno cree que en este largo proceso de actividad cinegética ha visto demasiado, aunque sin acercarse a casi todo y, nada digamos de aquello que aún nos queda por ver, a tenor de lo  sucedido, si es que el destino nos depara  la suerte de seguir cazando.

 Los hechos  que traigo hoy a coalición es un claro ejemplo de lo que está por sobrevenir, a poco que no olvidemos la constancia de practicar un ejercicio tan versátil, como es la caza,  referenciada  a su  constitución y desarrollo. Un jabalí aquerenciado de los llamados “macarenos” me ha dado la posibilidad de poder narrarles un suceso reciente, inesperado, sorpresivo por otra parte,  en el que nos hemos visto involucrados dos contendientes. El caso es que, el atribulado “cochino” vecino y residente al parecer a  perpetuidad de un determinado paraje del ecosistema asturiano, convertido  en coto social,  campaba por sus respetos, dueño y señor de cubiles propios y ajenos.

Parecíamos predestinados a encontrarnos  aunque distintas trayectorias y diversos fines. Dos veces me lo encaré en la cruz del visor del arma que portaba, saliendo el suido indemne del primer envite al producirse un  fallo clamoroso  debido a mi mal afinamiento de la puntería. Suerte para la res que huyo despavorida como “alma que lleva el diablo” en pos de salvaguarda de su vida y  libertad. A mi creencia el bicho no se alejó lo suficiente de la zona donde le efectué el disparo. Siguió instalado, pese a todo, en aquel entorno, dando continuidad a tan acogedor escenario, cuestión que pude corroborar  unas fechas más tarde, disfrutando la cuadrilla de otro permiso para el mismo lote.  

Bueno, me dirán, y con razón,  como se yo que era el mismo ejemplar? Estoy casi seguro; no debo certificarlo fehacientemente. Sus características morfológicas de especial tamaño en lo correspondiente a su peso y lo llamativo de  sus defensas, aspectos que yo detecté en el primer intento de abatirlo, hacía tiempo que rondaban aquellos lares. De algunas  batidas en las que  por fortuna salió airoso esquivando disparos, fruto de su pericia y veteranía, se pudo librar sin deterioro, solamente con el padecimiento del susto y acoso de la jauría de perros y la sagacidad de los monteros, duchos y expertos  en esta materia.  Su abultado corpachón, la huella en la pisada, quedaban en  en el ánimo y las retinas de las gentes del lugar; visto con frecuencia, identificado, dejaba su impronta en cosechas y sembrados, zonas de abundante avituallamiento que le costaba abandonar, a  pesar de  zozobras y sobresaltos sufridos.

Fue rapidísimo en detectarme a la espera de su llegada a mi puesto; oído en su huida a todo galope entre las hojarascas de aquel bosque que tanto y buen cobijo le daba, buscando despegarse el suido de los incomodos y peligrosos perros perseguidores, me encontraba al acecho, con el arma en prevenga, inmóvil, guarnecida mi respiración, dispuesto, con lo mejor de mi buena voluntad, resuelto como estaba a dejar saldado aquel asunto que tanto prometía. No ocurrió nada de lo esperado por quien aquí les narra esta escena montera.  Preventivamente el jabalí asomo su cabeza a escasa distancia del apostadero; me otearon sus instintos en tiempo récord, avisándole de peligro máximo, girando  veloz a la derecha ofreciéndome su mejor lado. Suponía concederme una extraordinaria oportunidad de abatirlo. Hice el disparo a blanco tan fácil que mi decepción por lo insustancial del lance es para recordar como uno de los peores. Apesadumbrado y dolorido conmigo mismo por tan nefasta actuación recorrí el camino de vuelta hacia los coches rumiando y culpándome para mis adentros del hecho. Bien es verdad que lo lamenté por todos: compañeros, monteros, perros etc., pero la caza tiene a veces estas incomprendidas escenas monteras que no tienen justificación, máxime si la ocasión la “pintan calva”.



Sin pretenderlo no terminaba en ese instante de tan negativa actitud, mi relación con este inquilino de aquel monte. Sucedió que una quincena después, repetíamos permiso la cuadrilla para aquella misma área. El recuerdo de lo acontecido me hacía concebir el vano deseo de que aquel exuberante jabalí aún no se hubiera marchado de aquellos “pagos”, ni fuese cobrado por otro grupo de cazadores. La esperanza la cifraba en poder localizarlo por los monteros. Alguno de estos batidores, sin poder precisar quien, me hubiera gustado hacerlo, nos informó a los cazadores de que las pisadas en el terreno denotaban la movilidad de un jabalí de especial característica en cuanto a su tamaño. Ello me dio que pensar. ¿Sería posible que el bicho fuese el mismo?

Con esta interrogante avanzábamos en la estrategia de delimitar el terreno y colocar los puestos en el sitio adecuado. Deseoso como estaba que uno de mis compañeros tuviera  el acierto de cobrar  la pieza, que bien pudiera ser el “deseado”,  nos dirigíamos cada uno a la espera que previamente, una vez revisadas,  el jefe de cuadrilla,  a su indicación,  nos tenía reservado.

Así las cosas, en este ambiente, confirmados todos en sus puestos, avisados los monteros, daba comienzo la batida. La localización de mi espera no tenía nada de especial.  La caja de un camino, rotulado para extraer madera, sería el sitio asignado. Al frente de mí vista, monte en ascensión cubierto de eucaliptos y matorral abundante en puntos abiertos; al sur, a mi espalda,  terreno desnivelado y buena visibilidad, con residuos de haber sufrido el aprovechamiento parcial de la plantación.

 Los perros, dando muestras estos validos de la eficiencia que les caracteriza, mostraban  una  gran inquietud y alboroto, síntomas de que a los vientos les llegaba el inconfundible hedor que despide este tipo de fauna montaraz. Una vez  fueron  liberados de la sujeción de las traíllas, avanzaban decididos entre un estrepito de fuertes ladridos. En máxima alerta;  vista en continuo movimiento,  pronto detecté una sombra oscura que surgía entre una pequeña maleza cercana. Al instante tuve la certeza de que era un jabalí. No procedía de ningún sitio; le habían alertado el sonido de los perros, lo que le hizo abandonar a toda prisa  el regocijo de su residencial  “encame”  Lo vi acercarse, huyendo a toda velocidad en la dirección en que me encontraba apostado, y, pensé: es él mismo.  Comparativamente no me ofrecía dudas. Ese convencimiento tuve, a la vez que la silueta del “cochino” certificaba mi creencia. Oculto, buscando no ser visto de nuevo, le apunté demasiado cerca hacia su flanco derecho; no se hubiera entendido fallarlo otra vez, no habría justificación, imposible repetir la historia. Un disparo a la paletilla, incuestionable sus secuelas, efectuado desde el Breno, calibre 270, munición H-Mantel de 130  gramos,  a diferencia de la vez anterior, resultó ser letal.

Cuando expreso ¡¡qué cosas tiene la caza!! me refiero a este tipo de historias.  Me encuentro con el mismo jabalí, después de varias jornadas; repito el lance, prácticamente en las mismas condiciones, lo cual, no deja de ser paradójico. La diferencia estriba en que en esta segunda oportunidad el tono de mi puntería tuvo otras consecuencias.

 Es de suponer que haya otras anécdotas susceptibles de ser contadas. He tenido a mis pies gozando de su libertad y descanso en uno de sus asentamientos preferenciales, sin sospechar tan siquiera su cercanía, a un animal salvaje de especial poderío; especie emblemática por los valores que aporta su genuina idiosincrasia el sector de la caza. Quería contarlo.

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publicado por eduardobros a las 08:32 · Sin comentarios  ·  Recomendar
 
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