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El Coto de Bros
Blog de Caza
06 de Julio, 2016    General

RECECHANDO UN REBECU EN REDES (CASU-ASTURIAS)




Centrado en la caza en batida de jabalíes en los buenos cotos sociales de Llanera y Grado de los concejos asturianos de su mismo nombre, hacía ya largo tiempo que no había tenido la ocasión de ejercer una modalidad de caza tan sumamente atractiva, como es el recechar una subespecie cinegética (la menor de las 10 que existen en el mundo) referida  al rebeco de la cordillera Cantábrica, y más, cuando el marco natural en la que desarrollaría esta oportunidad (Reserva Regional de Caza de Caso),  simbolizaba para mi recuperar emotivas sensaciones familiares de mi infancia y juventud relacionadas especialmente con mi progenitor, impregnadas de un sentido carácter entrañable imperecedero, como es lógico, por tanto, de añoranza por el ser querido y de reencuentro con unos parajes de un entorno extremo en lo que supone la belleza espectacular de su composición orografica que tanto admiré embelesado en aquellos primeros ciclos de mi vida juvenil y que como reconocimiento y gratitud hacia aquellas sensaciones permitidas, siempre tengo la devoción de acudir a formalizar mi encuentro temporal con aquel enredo de frondosidad y altas cumbres para cumplimentar mi hermanamiento y fusión con este  reducto natural de la región asturiana.
Refugio de Brañagallones. Al fondo Monte Redes, en otra         época importante cantadero de Urogallos.

El Parque Natural de Redes, así declarado en 1996, se encuentra ubicado en la cara Norte de la Cordillera Cantábrica, concretamente en el centro oriental del Principado de Asturias, acoge dentro de su perímetro las Reservas Regionales de caza de Caso (29.834 hectáreas) y Sobrescobio (6.792 hectáreas). Anteriormente a constituirse en espacio protegido con la finalidad de preservar los valores naturales  de fauna, flora y paisajísticos, tuvo orígenes de otra índole. Este Parque Natural es una continuidad, versión moderna,  de lo que en su día fue denominado Coto Nacional de Caza de Reres. En su trayectoria desde 1943, año de creación de este Coto por la Ley de la  Jefatura del Estado y posterior Reglamento de 1945 que determinaría la extensión geográfica y finalidad,  ha tenido distintos niveles de estructura en la gestión y aprovechamiento sostenible de sus recursos.

La Vega y al fondo la Peña el Viento

Del extinto Coto Nacional de Reres, de 14.227 hectáreas,  dependiente en su último período de existencia del Instituto para la Conservación de la Naturaleza (I.C.O.N.A.) se pueden decir muchas cosas. Una de las más características a la cual me referiré,  quizás la principal, obedece a la  alta densidad de rebecos que llego a mantener que le permitía alcanzar altas cotas de notoriedad entre los aficionados a la caza de todo el mundo que pugnaban por obtener un permiso de caza para tan deseada pieza en favorables condiciones, toda una garantía de éxito. Hoy, aumentado sus límites y  con distinta nomenclatura, se estima la  población de este bóvido en cifras cercanas a los mil, lo que supone ser un claro diferencial venido a menos, si se estiman  las cifras que se barajaban en relación con  antaño, muy superiores a las actuales. Es justo y necesario hacer referencia como causa principal (habrá otras) de la perdida de ejemplares de esta cabra  a la actuación de un agente patógeno (la enfermedad conocida por la sarna) principal problema sanitario del Parque que afectó muy gravemente a los rebecos, origen de numerosas bajas por mortandad.

 

Surgida la ocasión de realizar un rececho a esta especie cantábrica en tan señalados parajes. Con la tramitación en orden, animoso me acerque hacia aquel territorio con la finalidad de dar cumplida respuesta a mis pretensiones. Llegado el día, acompañado de mis grandes amigos Albert y su hijo Jacobo que me habrían de prestar eficiente colaboración logística y la siempre confortable y animosa compañía, iniciábamos la nueva andadura en pos del cobro de tan apreciada especie cinegética. En la madrugada del nuevo día circulábamos por la carretera en dirección al punto de encuentro con el guarda acompañante. Los pronósticos en cuanto a la bonanza del tiempo para esta primera jornada de caza nada bueno nos hacían presagiar. Agua y niebla sobre el asfalto de la calzada por el que transitaba nuestro vehículo todoterreno (que tan magnifico servicio nos depararía), hacían incomoda la conducción en buena parte del trayecto, augurio de lo que habríamos de encontrar una vez llegados a la zona de caza.

La vega de Brañagallones sería, en primera instancia, el marco ideal como observatorio en donde situarnos; lugar estratégico en donde prestar atención sobre algunos de aquellos elevados riscos que circundan el esplendoroso verde de aquel pastizal que nos permitiese detectar la figura alpina de la representativa especie que perseguía abatir. La niebla impertérrita en aquel paraje invadía todo el espacio al alcance de nuestra vista; una pertinaz y fuerte lluvia no cesaba de precipitarse a la vez que acusábamos la sensación térmica causa de un fuerte descenso de la temperatura ambiental. Así las cosas, decidimos abandonar aquel lugar con la esperanza de que con mayor altitud, la bruma adquiriese mejor versión por nuestra parte.

 Transcurridos una treintena aproximada de minutos en el desplazamiento hacia otro destino, tiempo que nos supuso alcanzar la cercana vega de Valdebezón, pudimos observar en el transcurso del trayecto, entre la apertura de un pequeño claro, la monumental y esbelta estampa de un macho vigía, seguidor atento de nuestros pasos. Habíamos sido detectados, acabándose con esta primera cita, cualquier intento de aproximarse con éxito. En aquel paradisiaco lugar, empeoraba la situación, arreciaba la climatología sin conceder ningún tipo de resquicio que nos alentase a quedarnos. Tras un tiempo prudencial de estancia, guarnecidos tras los muros de una cabaña de pastores, nos hizo ver la necesidad de abandonar aquel exuberante espacio floral. Convenía aventurarse en otras áreas a las que el permiso permitía.

De vuelta sobre nuestros pasos, lo racional sería abocarnos a zonas bajas con visibilidad y observar con el máximo de los detalles. Resulta satisfactorio ver como este inquieto y ágil animal,  después de sufrir  la enfermedad que casi le diezma, recupera paulatinamente el nivel demográfico que le caracterizó. La teoría de que los más fuertes han sobrevivido, parece cierta, cuando se observan numerosas hembras con crías, síntoma inequívoco de que habrá un futuro halagüeño para esta especie si la gestión es efectiva en tan característico y peculiar medio natural protegido, como es el Parque Natural de Redes declarado por la U.N.E.S.C.O. Patrimonio de la Humanidad, Reserva de la Biosfera. La jornada sin alteración digna de destacar, tocaba a su fin, no sin antes hacer algún intento, ultimas opciones, nada de interés que pudiéramos intentar aprovechar.

Vega de Valdebezón.

Los acontecimientos en la caza, a veces, son o resultan ser imprevisibles. Se precipitan a favor o en contra del cazador, cuando este menos lo espera. Me cabía otra oportunidad, así lo legislaba la autorización. Al día siguiente (domingo), se produjo un hecho fundamental: en esta nueva singladura el tiempo adverso descompuso la inoportuna presencia de su impenetrable nebulosa, se aliaba decididamente a nuestro  favor; daba un giro radical a su comportamiento de la jornada anterior. En las altas montañas que nos acogían y por las cuales transitábamos, el sol brillaba con fuerza desde hora temprana; el cielo azul marcaba tendencia resplandeciente en una luminosa amanecida del mes de Junio. Situación idónea en aquel escarpado y boscoso relieve que habría de constituirse en determinante para la realización del objetivo que nos habíamos  propuesto.

De nuevo, otra vez en Brañagallones y posterior ascenso hasta Valdebezón.  Un itinerario corto efectuado  con calma y sigilo, que nos ha dejado la impronta del estado observador de los rebecos cuando detectan indicios de que algo cercano que sucede les llama la atención  e incómoda, agudizando los sentidos en fase de máxima alerta. Efectivamente no andaban lejos estos bóvidos, la   dificultad estaba en como acercarse sin ser descubierto y guardar la posición para intentar hacer un lance. Fernando el guarda acompañante, experto conocedor de la dinámica de las poblaciones de esta especie, nos indicaba que el calor que anunciaba instalarse y del cual ya padecíamos en parte sus primeros rigores, sería una de las razones de que los rebecos se ubicasen en las peñas más elevadas.

 Deberíamos pues, caminar despacio, sin ruido, hacia lugares altos propicios. Así las cosas, con estas medidas preventivas, dábamos comienzo la ascensión de la canal que partiendo de la vega finaliza en las estribaciones de la mítica  Peña el Viento. En breves instantes los acontecimientos se precipitaron sin remisión. No era de esperar un desenlace  tan rápido. La caza tiene estas cosas que son entendibles desde los conocimientos que da la experiencia. La caza nos brinda la ocasión, surge en cualquier instante, es un claro referente de su explosiva espontaneidad.

Transcurría lento nuestro caminar sobre aquel fuerte desnivel, motivo de guardar fuerzas como medida preventiva, puesto que cabía la posibilidad de que la jornada de caza se alargase. En esas estábamos, aún no habían pasado escasamente diez minutos del inicio de la marcha, cuando alzando la vista a mí izquierda, entre los peñascos de una gran mole de roca, pude observar un movimiento que, por su distancia, no detectaba su identidad, aunque me lo suponía. Pronto descubrí la figura inconfundible de un rebeco. Avisado Ramón el guarda, señalado el lugar de ubicación, una vez localizada la pieza dando por buena la posibilidad de abatirlo, según la norma, me conminó a  dispararle.

Realizar un rececho a una pieza de caza mayor,  menor en cuanto a peso, 30, 35 kilogramos, requiere como mejor opción, según mi criterio, hacerlo con arma pesada: es decir, si se considera que el mejor tiro es aquel que se hace desde el apoyo que nos presta la clásica mochila, en ella encontraremos un soporte ideal que dará estabilidad integral al conjunto del arma. No me hice de esperar, la circunstancia se presentaba ideal.

 Asentado el zurrón en un canto de piedra, calculé la distancia en orden a graduar el visor de acuerdo con la disposición de mi vista. Me situé cómodo, la res mostraba generosidad en su exposición, sobrepasando los 200 metros. Situada en  la cruz  del visor, efectué el tiro que impactó con orificio de entrada y salida, cercano a donde es más eficiente, motivo que sirvió para su cobro instantáneo. Un rebeco “otras cacerías”, lo cual quiere decir sin derecho a Trofeo. Lo hice desde el calibre  de mi 7mm. R.M., munición KS, 162 gr. El visor, 2,5x10x56.

Satisfacción en el grupo de cuatro personas y Leo, el Teckel de Fernando, que formábamos aquel cuarteto ilusionante. Mil gracias a Alber, siempre colaborando, ameno, alegrando el grupo en los momentos que procedía hacerlo; a Jacobo, ojo avizor como nadie y de ayuda especial. A Fernando, profesional de la guardería del Parque por la entrega mostrada en el cumplimiento de sus funciones y a David por su atención para conmigo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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publicado por eduardobros a las 12:30 · Sin comentarios  ·  Recomendar
 
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