Conservacionismo medioambiental y caza forman, por más que haya empeño en lo contrario, un binomio indisoluble de apoyo a la conservación de las especies; distintas metodologías de concepción y desarrollo convergen desde intereses comunes en busca del mismo efecto. Sensibilidades dispares y sin embargo complementarias. La caza, fuera de su ámbito, es deficitaria en definiciones de conceptos positivos. A veces sucede que, dentro de las propias organizaciones ecologistas, aparecen verdaderos espontáneos, con perfil de arribistas; sin relevancia dentro de sus círculos cercanos; desvalídos de personalidad acreditativa que se lanzan al ruedo de las acusaciones, vertiendo sobre la actividad venatoria responsable y por quienes la ejercen, improperios y análisis subjetivos de pretendida formación y actitud sectaria que dejan al descubierto las carencias éticas de sus planteamientos. Están henchidos de penuria informativa racional, dado el nulo conocimiento que exhiben en sus distorsionadas alocuciones sobre la trascendencia social y económica que la caza aporta al conjunto de la sociedad. Por suerte, entre estos colectivos protectores de la naturaleza (la caza también lo es) existen personas con representatividad y criterios muy distintos, alejados de esa perniciosa aptitud provocativa. Hablar de caza requiere ser poseedor de una personalidad instruida en esta materia; lograda alcanzar, desde la experiencia conferida de su propio ejercicio o bien desde el seguimiento eficaz de la idiosincrasia que otorga el especial dinamismo del ordenamiento cinegético. Por tanto, mayor rigor informativo a realizar y exigencias de máximo nivel en el movimiento aleccionador y didáctico de estas fundaciones y asociaciones a sus bases, sobre la conveniencia de erradicar estas agresivas opiniones.
La caza, siempre ha existido, existe y
seguirá existiendo, guste o no guste, hiera o no almas supuestamente emotivas, es necesaria en la regulación de la fauna salvaje clasificada como objeto de abate; el aprovechamiento de las especies se establecerá por sistemas sociales o clasistas. Bueno será que, los sectores que trabajan (la caza lo hace, es uno de ellos) en la sostenibilidad de la fauna y la flora, estrechen sus relaciones institucionales y confeccionen programas de convergencia en aras de una mejor sostenibilidad del medio natural. El acuerdo de los cazadores de la cornisa cantábrica, en este caso Asturias y Cantabria (esperemos se unan otras autonomías colindantes), con la emblemática Fundación Oso Pardo, dignifica nuestra posición, la de aficionados a la caza, acrecentando expectativas de trabajos conjuntos que eviten amenazas a especies protegidas en vías de una supuesta extinción.