El “jabaloso” es una expresión popular que se modula por mor
de una inapreciable situación que acontece en escasas ocasiones en el
transcurso de una batida jabalinera.
El “jabaloso”, hay que decirlo, es la composición de una imagen ficticia,
una apreciación subjetiva; claro confusionismo que pueda darse entre la espesa vegetación, por lo que el cazador
apostado debe de redoblar sus precauciones en momento cumbre del lance esperado, como muestra de una formal
seguridad que le acredite.
El nivel poblacional
cuantitativo alcanzado por Oso Pardo Cantábrico; la explosión demográfica que
este plantígrado ha sufrido en territorios de nuestra cordillera cantábrica y
zonas adyacentes, síntoma inequívocos de un estado feliz de recuperación
sostenida y sostenible en número de individuos de los de su especie, ha hecho
que se cuestione definitivamente la opción de cazar en zonas de asentamiento y
colonización expansivas de este gran icono de nuestra fauna silvestre, por
considerarlo perjudicial para la necesaria estabilidad emocional que este animal salvaje requiere en sus ciclos
vitales, hábitos y costumbres, o a más, como un sistema en defensa de su integridad
física sometida a los peligros que entrañaría un lance de caza precipitado
durante el transcurso de una batida, de cuyo gesto y resultados no valdría
excusarse a su autor.
Decía que el Oso Pardo Cantábrico, el nivel poblacional que
exhibe en la actualidad, tiene el significado que hace ser la presencia de su
figura en zonas de asentamiento y querencia, superior a la de un pasado no tan
lejano, otrora, en clara amenaza de extinción, que precipitaba
su ocaso definitivo. Por tanto situación novedosa a regularizar a través de
mecanismos de protección en los cuales ya estamos inmersos los cazadores
asturianos como parte activa a través de convenios firmados con organismos
públicos y organizaciones ecologistas. Algo que debe de resaltarse y dejar
constancia.
Un hegemónico
representante, muy conocido aquí en Asturias, del conservacionismo
medioambiental, veterano y curtido en estas lides, ha tenido a bien pronunciarse
sobre las pretendidas consecuencias que tiene la actividad cinegética en el
Principado en forma de miles de batidas a jabalíes en zonas de especial interés
para el plantígrado en cuestión “es un ejercicio molesto y que nadie se acuerda
de ello, en una de estas se mata a un oso y nadie se entera”, hipótesis a rechazar sobre una circunstancia
que no se ha producido. Conviene
manifestarse contrariamente a la versión de un oráculo. No somos los cazadores al día de hoy, y desde
hace muchos años, culpables de cualquier alteración perjudicial que pueda
surgir en el desarrollo, fomento y control del oso. Las quejas, de haberlas, tienen
que derivarse hacia sectores industriales no relacionados con la caza, siendo
de todos conocidos, ya reprobados desde estamentos conservacionistas,
Que en Asturias se celebran, por suerte, miles de batidas al
jabalí (toda una industria de jugosos dividendos para empresas y particulares),
síntoma inequívoco de la abundancia de este cerdo salvaje, a pesar de las
numerosas extracciones que se le hace, es un hecho cierto. Pero también es
cierto que desde tiempos inmemoriales no se ha detectado la pérdida de un oso consecuencia
de una acción delictiva llevada a cabo por cazador asturiano alguno. Reclamo esta distinción acreditativa de buenos
principios, ante la excrecencia que se vierte con maléfica intención en
distintos medios informativos que afecta
aquellos que hacen de la caza una práctica de buen ejercicio, una inmensa
mayoría, por suerte para todos.
Pero ello no tiene especial significado, contrariamente a la que se le quiere decir, estoy seguro, desde el
sentimiento inverso a la práctica venatoria, puesto que el número de batidas en
esas áreas que dicen ser de interés, es mucho menor de lo exageradamente
argumentado, nada que ver con la realidad, siempre con el condicionante de ser
su uso restrictivo en cualquier modalidad que signifique aprovechamiento de
recursos naturales, y por ende en
salvaguarda de todo atisbo que alerte de
presencia osera.
Ahora bien, si el señor ecologista denunciante considera que
la extensión geográfica de nuestra comunidad asturiana es territorio en su
totalidad de asentamiento futuro de osos, a todos los efectos, en el sentido que le ocupa, entraríamos en una
seria controversia, pues no toda Asturias recoge en los siglos anteriores al
actual, la huella indeleble del paso o estancia del Oso Pardo, aún queda mucho
tramo, demasiado, para que esta circunstancia se dé y se constituya en la razón que prohíba la
caza.
No debe anteponerse, por ninguna razón, la demografía
expansiva del oso en razón de su invasión de espacios cercanos al hombre, que
bien pudieran ser, por su ritmo de crecimiento, a medio y largo plazo, un todo en el territorio asturiano de seguir
su nivel de progresión y que sea la consecuencia de suspender, ralentizar e incluso anular el
movimiento que ejercen los cazadores por
la presencia de este animal. Sera preciso
convivir y compatibilizar actividades
entre la densidad de especies silvestres, clasificadas cinegéticas, y aquellas
otras sumamente protegidas. No hay síntomas de regresión y menos de agresión en
las estadísticas, más bien todo lo contrario.
Una población osera en nuestra comunidad del orden de 700 u
800 ejemplares, incluso más, tal y como se pretende alcanzar y superar, veremos
a donde han de llegar el límite y cual la repercusión (no debemos olvidar las manifestaciones de un
prócer de la biodiversidad, cuando manifestaba abiertamente y sin encomendarse a nadie, que el estado ideal sería la cifra de
1.000 unidades, cantidad que sería el momento de considerar que el oso pardo
cantábrico dejaría de ser especie en peligro de extinción)
El oso, una vez
recuperado suficientemente de su letargo
demográfico, no puede constituirse su
salvaguarda en obstáculo que impida a la caza ejercer su tradicional ejercicio,
sin menoscabo del dinamismo de su práctica. Al igual que otras especies, debe
convivir con los avatares que conlleva una batida oficializada a jabalíes. La responsabilidad
del cazador, autorizado a un permiso especifico, en este caso para abatir
jabalíes, llegado el momento, es la garantía del cumplimiento del permiso
expedido.