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El Coto de Bros
Blog de Caza
13 de Diciembre, 2016    General

GRACIAS POR QUITARNOS UN PROBLEMA DE ENCIMA



La verdad es que no me lo esperaba; más bien todo lo contrario. Había antecedentes de profusa índole en el uso de la palabra que una lugareña tenía a bien emplear por costumbre para satisfacción de su ego, como medida de resabio hacia todo aquel cazador que eligiese pasar cerca de aquella casería de labrantío y ganadería, sita en lo alto de un escampado. Era algo conocido y esperado que sucediese de nuevo; diversos tipos de increpaciones, sin rebozo alguno en despacharse a gusto, venía siendo conocido la constante que marcaba un carácter agreste y, porque no decirlo, en ciertos momentos situarlo en grado de montaraz de la persona que acucia con sus insultos y provocaciones

De todo ello, doy fe, puesto que he sido sufridor en directo de las consecuencias de tal embestida en forma de descalificaciones y todo tipo de deseos contrarios a la buena salud que en aquellos momentos y para el futuro pudiese tener, incluso mención especial, como casi nunca falta en estos casos,  para el ser que me trajo al mundo. Este método despectivo e incitaciones que proponen violencia hacia nosotros los cazadores, resultado de una rabia contenida, es algo que durante el transcurso de la  actividad que como aficionados a este deporte ejercemos en pleno campo, se viene dando con bastante  frecuencia en los últimos tiempos.

Efectivamente arrecian los actos encaminados a minar la moral del cazador. Cada jornada de caza, se hace patente la presencia cercana de individuos a nuestros puestos, que desde un buen resguardo, obran sin consideración en insultos y vejaciones emitidas hacia los apostados cazadores como destinatarios de sus vergonzantes diatribas.

Pero aquí sucede lo inesperado. El sentir no siempre es verdadero dependiendo de las circunstancias, tal y como ha quedado patente. Volvía este articulista, cazador, por más señas, en fechas recientes a requerimiento del jefe de cuadrilla,  a reencontrarme con viejas sensaciones,  ocupando plaza de destino en el lugar asignado para una batida a jabalíes, por otra parte, viejo conocido aquel apostadero por el que aquí suscribe; un pasaje recorrido en otro tiempo no lejano.

Hablaban en fechas recientes en aquellos pagos, de un buen ejemplar de jabalí que deambulaba en proximidad a las casas en horas oportunas del ocaso diurno por tierras fértiles de labor y pasto. Un macareno, en el más amplio sentido de la palabra que los cazadores solemos otorgar como apodo a los suidos de estas características morfológicas, había encontrado solaz regazo en aquel paraje, lugar de avituallamiento, descanso y refugio, a salvaguarda de cualquier contingencia que pudiera importunar su descanso. El “berraco” había sentado sus reales posaderas en lo intrincado y crecido de una maleza muy propia, con vistas excepcionales que le harían alertar sus instintos de supervivencia ante cualquier ataque procedente del exterior de sus dominios.

Detectado el jabalí durante el rastreo de perros y monteros, las expectativas reales de encontrarse en el lugar determinado que se suponía, tomaban carácter de credibilidad. Pronto una estrategia silenciosa de acoso se organizaba alrededor del aquel manto de maleza, con la finalidad puesta en hacerlo saltar de su escondrijo. Cubiertas sus vías de escape, las posibilidades de salir airoso del envite quedaban reducidas a mínima expresión; un fallo en el transcurso del lance, consecuencia directa de un probable error de cálculo en la  puntería del alanceador,  sería la única opción concedida de salvar el cerco  tendido y evadirse.

El puesto a que había sido destinado era todo un balcón de privilegiadas vistas a donde supuestamente habrían de desarrollarse los acontecimientos. A diferencia de antaño, en esta ocasión ofrecía menos dificultades, ampliado en espacio mi círculo de visión,  motivo seguramente de una anterior limpieza de aquel terruño de pasto,  por sus llevadores o propietarios.

Ubicado a píe firme, buscaba a mis compañeros de partida para situarlos en sus puestos como medida preventiva de seguridad. Una vez todo reglamentado, la orden de entrada a la espesura de aquel “brocedal” se oía nítida, fue enviada por el jefe de cuadrilla. En un instante los perros detectaban las emanaciones del olor profundo de la pieza a perseguir. Pronto, desde mi atalaya, sentí un movimiento superior a cualquier otro. Latían los perros y el ruido estrepitoso avanzaba en paralelo en mí dirección por encima del límite de la confluencia entre el limpio pastizal y lo enmarañado de aquellas zarzas descritas.

El bicho no se hizo mucho de rogar, a lo visto y oído, tenía prisa en poner “pies en polvorosa” en evitación de problemas con los perros, resuelto por tal motivo a dejar aquel lúdico lugar. Iniciaba su partida a la carrera, poniendo tierra de por medio, a través de aquel descampado en vertical hacia el lugar en el cual me encontraba. Pude observarlo en su conjunto.  El tamaño de su cuerpo no hacia albergar dudas: era una buena pieza; apuntaban sus colmillos como cuchillas. Le dejé acercarse, con la esperanza de hacerle un tiro más positivo; me obligaría hacerlo de frente,  si no variaba su rumbo, no cabía otra elección. Tomé la decisión de que,  pese a todo, tenía que efectuar el primer disparo en condiciones que nunca son las más apropiadas. Así lo hice, no sin antes arriesgar, buscando mayor efectividad. Al límite de la distancia razonable, en cuanto a mi seguridad; la pieza en el punto de mi visor, hice detonar el arma, haciendo de sus efectos que el animal parase su galope. Tendido en el suelo, se movía. Estaba herido de consecuencias fatales para su integridad física; lo prudente, ante la llegada inminente de los perros, era dar por finalizada aquella situación, evitándole sufrimientos innecesarios y la posibilidad de que con sus escarceos y afiladas navajas algún perro pudiera salir dañado gravemente. Una vez llegado los monteros al sitio de los autos, cobrado la pieza, fui advertido por estos de la verdadera importancia de la pieza abatida. Suponía ser más que lo que yo esperaba.

Lo anecdótico, recordaran el principio de esta narración, motivo principal, sin duda, de que yo tomase la decisión de exponerles mi criterio sobre las conveniencias de algunos, que cambian de opinión y muestra otros afectos, según les convenga. Me refiero a la lugareña que, en su día,  me increpaba con destemplanzas verbales, insultos y amenazas, solamente por el mero hecho de ser  cazador. Es paradójico pero fue la misma persona que en esta ocasión, salió a nuestro encuentro a darnos parabienes y felicitaciones por la caza de aquel jabalí. Le habíamos quitado los cazadores una preocupación y evitado daños. Aquel ejemplar de jabalí, le hacía destrozos en su huerta y otros cultivos e intimidaba su presencia física cercana a sus casas. Lo que son las cosas...Ya no lo hará nunca.

 

 

 

 

 

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publicado por eduardobros a las 06:14 · Sin comentarios  ·  Recomendar
 
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