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Blog de Caza
30 de Julio, 2010    General

HISTORIAS ANTIGUAS DE CAZA Y CAZADORES (2ª parte). El tocino estaba rancio: no era para lo que se creía.

Hablar de este apéndice y caza  me dirán:  ¿Cuál es la relación que guardan?,   ¿A qué viene esto,  en un sitio como este?:

Pues,  sí señor: algo tiene que ver (me explicaré); no olvidemos las prestaciones que la carne de cerdo ha concedido a la sociedad en su conjunto a través de sus múltiples facetas (los cazadores no podíamos ser la excepción, es público y notorio nuestra adicción al embutido, fiel compañero en nuestros “morrales” cuando practicamos  la caza). De este animal se ha dicho  que se aprovecha todo; algunas personas, aumentan considerablemente su capacidad sensitiva,  mostrando  especiales aspectos  emocionales al contemplar con deleite los  andares graciosos del puerco,  que parece  tanto encandilan a sus numerosos amantes.  Es una especie,  la porcina, loada y glosada desde todos los ángulos y distintos niveles culturales, con exaltaciones y reverencias muy sentidas, de verdadero afecto,  no exentas en su expresividad  de tonalidad pomposa que alcanzan tintes grandilocuentes e incluso más allá de estas identificaciones se sienta él deber,  para aquellos que entre sus prendas de vestir tengan el castizo uso del   sombrero,  de  retirar esta prenda ornamental de su atalaya, (leáse cabeza) como público reconocimiento y sentido  homenaje,  por lo mucho que los humanos debemos al cerdo, fundamentalmente, según se reconoce,  por el  hambre que ha quitado.

Pero evidentemente después de ser su degustación objeto de frenesí  o como elemento muy valioso en  paliar, a través de los tiempos,  las  profundas necesidades alimenticias del hombre; también el cerdo ofrece otras posibilidades que los antiguos han usado como  supuestos  remedios caseros para sus males de salud. Tienen sus grasas, las del cochino,   un fuerte componente lubrificante,  aparte de otras utilidades, como tonificador de resquemores o sarpullidos de piel que lo  han hecho objeto del deseo ante la falta o desconocimiento de otras posibilidades mucho más efectivas, provenientes de la medicina tradicional.

Estos empleos  y costumbres, caracterizados en  forma de apaño, daban carta de naturaleza a  las características y peculiaridades de toda una época de insuficiencias. Eran los años cuarenta, periodo posterior a la guerra civil española, y a decir de los supervivientes,  momentos muy difíciles por escasez de productos de primera necesidad e incluso de hambrunas. En estas circunstancias vivían y se desarrollaban cuatro cazadores, aficionados a la menor, que se trasladaron desde Oviedo a tierras de Cangas del Narcea, con el  ánimo presto y la ilusión de practicar unas jornadas de caza (dos o tres días) tras la  perdiz. Siempre escasos o nulos  de víveres, la situación no daba para más, con la incertidumbre de poder  proveerse en su lugar de asentamiento, iniciaron  la marcha con todas las consecuencias, deseosos  de verse en el monte cazando con sus perros de muestra,  la veloz y quebradiza patirroja.  Una vez llegados a la pequeña localidad  elegida como estancia, ubicada en el corazón profundo de las altas brañas y majadas de este importante, desde siempre,  concejo asturiano, buscaron aposento,  por referencias,  en casa de una señora mayor que les recibió,  viuda,  de fuerte complexión, vestida de negro de los pies a la cabeza y con un importante asomo capilar debajo de su nariz y a ambos lados de la misma,  a modo y manera de un frondoso y   descuidado  bigote; su aspecto representaba ser toda una “matrona”,  generosa y de buen corazón,  deseosa de poder complacer, de la mejor manera posible, a sus recién llegados inquilinos. Hechas las presentaciones, Indicados los dormitorios y sus “camastros”, retirados los  enseres figurantes  como elementos decorativos (en otros tiempos de abundancia, denominado “gallineros”) de dudoso gusto e improcedente estancia; despejado el panorama, procedía reunirse al calor  tenue del “Llar” de la casa y elaborar el plan a seguir,  siempre condicionado por la escasez de víveres que seguramente restringiría de forma importante los días de caza en aquel territorio.

La posibilidad de abastecerse de comida para los días previstos de hospedaje, fue solicitado por los viajeros  a la buena señora, la cual, disculpándose de  forma sentida y azorada,   les informó de la imposibilidad de suministrarles el avituallamiento  requerido, pues aseguraba aquel corpachón de persona, no tener nada para ofrecerles, dado lo exiguo y ajustado de las provisiones alimentarias de las que disponía. Declaraba malvivir ella  y los vecinos de aquel pequeño pueblo con lo imprescindible y no cabía cesión de sus escasos víveres. Con este  panorama sombrío, lo más consecuente ante esta situación imprevista, aunque no del todo,  era una retirada forzosa hacia sus lugares de procedencia, de donde habían partido,  y abandonar los motivos que les habían traído hacia aquel recóndito territorio. Así las cosas, decidieron pasar la noche en aquel sombrío lugar, pues no era cuestión, dadas las circunstancias,  la nocturnidad  y lo intransitable de los caminos, volver sobre sus pasos.

Al  pequeño grupo de cazadores, no le pasó desapercibido, una vez que la bondadosa  mujer se despidió, en busca  del reparador sueño nocturno, no sin antes, cortésmente,  dar  las buenas noches y desear un descanso satisfactorio a todos, observar algo especial que les llamó la atención; aquel ser tenía una inclinación, de forma constante,  a llevar la mano a una zona delicada y sensible  de su cuerpo, precisamente allí “donde el sol no brilla”,   y friccionar con energía en evitación y anulación de supuestos picores que,  como conjetura, tanto le molestaban. No se le concedió a este hecho puntual y anecdótico,  más que la importancia que se le debía de dar y pronto pasaron a cosas más concretas pendientes de solucionar. Disponían de mínima  comida (algo de pan y patatas cocidas, insuficiente a todas luces) que escasamente alcanzaría para aquella noche; buscaban soluciones sin encontrarlas. En esas estaban cuando,  pasados unos minutos se optó, con sigilo, sin levantar ruido, tratar de desvelar el contenido de los armarios a su alcance, con la creencia de poder encontrar algo que les calmase el apetito. Hubo suerte,  pudiendo observar, colgado de uno de los laterales del compartimiento, una gran loncha de tocino; toda una sorpresa esta revelación, hecho  apropiado para satisfacer, aunque momentáneamente,  sus necesidades culinarias.

Era, evidentemente,   una gran loncha, de aspecto un poco oscurecido, aunque no tenía mala presencia ni olor desagradable aunque algo de su color no les gustaba. Como quiera que fuese, el tocino estaba para comer “sin ascos” (aunque verdaderamente ya lo habían comido mejor y con un estado más saludable)  y en este sentido pusieron manos a la obra. Al día siguiente ya arreglarían con la posadera un buen final para este asunto. El fuego,  que aún vibraba de forma tenue, les facilito dorar aquella pieza, trocearla en pequeñas lonchas y unirlas al pan. La primera sensación sensorial en boca,  se constató como de un sabor atípico (desconocido para sus paladares),  sobre lo que debería ser. Como quiera que fuese,  de la pieza de tocino, no quedó ni rastro.

Transcurrida la noche y llegada la madrugada, el día tomaba el relevo. Momentos de partida. Recogidos los bártulos, acondicionados los mismos en el vehículo, uno de los integrantes de aquel grupo de cazadores, entró en la vivienda, con el objeto de liquidar cuentas y despedirse en nombre de sus compañeros. Hizo acto de presencia la señora en cuestión que, de forma decidida, sin titubeos, muy nerviosa, seguramente acuciada por algo que le molestaba, (parecía seguir con la misma tendencia de la noche anterior, solamente que en esta ocasión los tocamientos en la finalización del rabanillo,  se producían  más fuertes e intensos que los observados) se dirigió directamente al armario de donde se extrajo la mercancía mencionada, observando, para su sorpresa, la desaparición de aquel material. El cazador le informó de lo sucedido, manifestando la  intención del grupo de  abonarle el importe de su costo. La señora, con signos claros de excitación y con malos modos, les recriminó lo hecho; el dinero carecía de importancia. El valor intrínseco que le aportaba la pieza de tocino, suponía todo un antídoto para los “quemazones y picores” que las hemorroides le originaban. Aquel tocino y su frote en zona tan íntima,  suponía todo un calmante del padecimiento que sufría. Ni que decir tiene que, al escuchar esta increíble versión,  a nuestro amigo cazador le empezaron a entrar sudores fríos, convulsiones y vómitos. En esas condiciones le encontraron sus compañeros, extrañados del tiempo que tardaba en salir,  por lo que decidieron entrar  a enterarse de lo que ocurría. Al verle en tal situación, trataron de auxiliarle. Le preguntaban que le ocurría, si la cena le había sentado mal. Fraguó la disculpa, señalando al tocino como el problema de aquellos males momentáneos. Les contó sobre el poder y la influencia relajante y satisfactoria que su aplicación en sector tan delicado de nuestro cuerpo,  había tenido para las almorranas de aquella mujer. La escena a continuación, por lo que nos han contado, tuvo tintes dantescos; todo un coro de aullidos y profundos estertores se pudo  oír y contemplar ante semejante revelación.  

La verdad es que, a los cazadores nos sucede cada cosa……..  

 

Con mí profundo agradecimiento a Javier, Roberto, Luciano, Jandro y José María (joven y gran gestor cinegético) por la oportunidad que me concedieron de cazar a su lado, en tierras Castellano-Manchegas, como recuerdo de una jornada de caza inolvidable. Muchas gracias a vosotros.  Eduardo.  

   

 

 

 

 

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publicado por eduardobros a las 05:02 · Sin comentarios  ·  Recomendar
 
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