Y, eso, en un escaso periodo de tiempo, 2012/2013. Todo un
hecho, insólito por no acostumbrado, el quebranto tan significativo en números
de efectivos que la cinegética asturiana viene padeciendo. Bien es cierto que,
de forma gradual, paulatinamente, la circunstancia, aunque menos lesiva en
cuantía, constataba su decaimiento, a tenor de la sucesivas estadística anuales,
como dato inequívoco, que registraba este movimiento caracterizado de abandono
de una actividad que vivía días de gloria aún no hace mucho.
Al respecto, algunas consideraciones, se deben de hacer,
según mi criterio. Tres cuestiones
propias, de máxima importancia,
certifican e identifican la elocuencia del dato en
cuestión, que no serán únicas, pero sí
de mayor incidencia en los escenarios definitivos que han estimulado esta huída en desbandada en
el último año, lo que supone en cifras
absolutas, un porcentaje del orden
de un 35% menos de licencias de caza
expedidas aquí en tierra astur.
Me refiero, en primer término, a una falta de relevo
generacional en el sector de la caza, aderezada
con el reflejo que produce la crisis
económica tan sumamente grave que, por las peculiaridades de su composición, la
hace parecer eterna y demasiado suculenta
en los efectos invasores perniciosos que produce, instalada como apéndice en el cuerpo de nuestra sociedad civil.
Al relevo generacional, no acuden tal y como se necesita,
nuestros jóvenes, enfrascados en otros
menesteres que les suponen atractivos de distinta índole, quizás más placenteros y presumiblemente de superior
atractivo en la coite-idoneidad de sus vidas, sin desmerecer, desde luego el
escaso bagaje que les aporta la falta de oportunidades laborables que les deja
fuera de las bolsas de trabajo y por tanto, faltos de ingresos o liquidez
adecuada, que no les permite afrontar el
gasto que supone mantener una afición, relativamente
cara (todo pasa por las formas de su
práctica).
Los problemas que se derivan de la crisis económica que nos embarga afectando a muchísimos hogares, ha sido un componente básico
de especial y definitiva incidencia en la caza, pero no el todo. Con anterioridad
al estado deprimente en que se encuentran numerosas economías, en tiempos de bonanza,
cuando el trabajo fluía y corría el gasto, la caza ya mostraba el tono de las
ausencias y un progresivo abandono de su actividad por integrantes de este
colectivo. Sobre la caza se han vertido opiniones de descredito rodeándola de
una aureola de controversias, identificándola
como una agresión a la naturaleza, obviando de forma interesada, por aquellos
que la defenestran, su capacidad para conservarla.
Esta propaganda detractora, sin respuesta oportuna y
correctora desde las organizaciones cinegéticas, no ha contribuido en nada en hacer
comprender mejor a la opinión pública, todo lo contrario, al papel esencial de
la caza y su ejercicio en la conservación
y fomento del medio y en la búsqueda de
factores de desarrollo económico en las regiones rurales tal y como recomienda el
Consejo de Europa a sus estados miembros. Qué duda cabe que la sociedad civil y
más la residente en zonas urbanas, ha
sido en estos tiempos recientes muy receptora de buen grado y agrado de una
expansiva información contraria a la caza y su buen ejercicio, concediendo credibilidad,
por desconocimiento, a campañas de
perfil falsario por aquellos que la aborrecen y tratan de erradicarla.
La utilidad de esta
insistente pedagogía como método instructor ha tenido consecuencias
desfavorables para la caza, traducida en
una toma de conciencia y el surgir de un sentimiento de culpabilidad en muchas personas
que optan por su distanciamiento ante el
recelo a ser reprobados y al abandono por convencimiento. Con lo cual, es una causa
más que se une a la pérdida de valor que se le atribuye tiene la caza, por la
merma sustancial de miembros del colectivo.