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Blog de Caza
01 de Mayo, 2013    General

HISTORIAS DE CAZA: INTUICION Y PICARESCA. LA CANCELA ERA LA CLAVE.

JABALÍES COBRADOS POR LA CUADRILLA DE TOLINAS,  EN EL COTO DE GRADO -ASTURIAS, LOTE COALLA.

TENIA YO RAZON. No haber hecho caso a mi intuición, eso que alguien ha denominado como sexto sentido, y seguir otras consignas, en este caso me refiero a mi actividad dentro de la caza, en ocasiones me  ha supuesto un rotundo fracaso. Ello, no quiere decir que cuando compañeros en quien tengo depositada todo mi confianza, me señalan aspectos que entiendo son positivos, expresados con naturalidad y sin trasfondo, no atienda y cumpla, en la medida de lo posible, sus recomendaciones por considerarlas oportunas.

Es una máxima que con el transcurrir de los años, a medida que se acumula experiencia, nos aferramos a la precaución en cualquier tipo de situaciones. En la caza, como referencia, después de tantos años de su ejercicio, uno ha sufrido los avatares de la picaresca  de los llamados amigos, compañeros y acompañantes. Por fortuna, ha habido con mucha diferencia, más luces que sombras,  que me han permitido consolidar amistades dentro de este colectivo, disfrutar en la actualidad abiertamente de su compañía y cazar satisfactoriamente en grado de aprecio mutuo y camaradería a su lado. Suerte la que tengo.

Me había pasado  en alguna ocasión, cuestión que me hizo reflexionar, tiempo atrás, sobre la conveniencia de prestar mas atención a mi criterio que seguir las indicaciones de alguien que acabo de conocer. También en la caza. En ciertos casos conviene tirar de experiencia y hacer caso omiso de los planteamientos que suenan a equívocos,  que tienen todos los visos de ser erróneos, cargados de doble intencionalidad. Nos hallábamos, una cuadrilla de cazadores de Oviedo, en el concejo asturiano de Amieva, dispuestos a celebrar una cacería de jabalíes en uno de los tres lotes que componían el coto de la Sociedad Astur de Caza en aquel municipio. La zona objeto de batida, serian las canales de Vis, cercanas al pueblo de mismo nombre, depresión orográfica que fija sus límites con el  cauce del río Dobra, afluente del Sella, que recoge y transporta las aguas vertidas por  Peña Santa de Castilla y cumbres adyacentes, hasta su mecedura con el Sella.

En el pueblo de Vis, por los vecinos, se nos había hecho la indicación preventiva, a modo de información,  de que un jabalí de considerables proporciones, avistado con regularidad por la gente del lugar,  llevaba tiempo merodeando por sus alrededores, causando numerosos e importantes daños en los sembrados. Todo un problema para aquellas personas que no veían el fin de la penosa situación.  Efectivamente, en el recorrido hacia las esperas se pudo ya  observar en distintos lugares  las huellas del animal. Obedecían, por el marcaje de sus pezuñas que le delataban, a una pieza seria, cuyo peso estimado podría estar cercano o superior a los 120 kilogramos.

Pronto fueron distribuidos los puestos. Uno de los monteros, veterano y adusto en el trato, exhibiendo claras  muestras de ser un antipático y un engreído, experto montero y buen conocedor del “terreno que pisaba” en aquellos parajes, según manifestaba,   fue el encargado de situarnos. Me dejó para el último, señalándome el lugar en que debía de instalarme. Era una pequeña sierra de caliza cuarteada, cortante como un cuchillo, que ascendía desde lo profundo de la canal hasta casi el mencionado pueblo de Vis, finalizando en una senda,  por lo que sería necesario andar con precaución y procurar no dar ningún traspié. Limitaba la sierra en dirección oeste  con una finca de prado que bajaba, bordeando la sierra, hasta el río y esta a su vez con un monte cargado de espeso arbolado y matorral. La entrada a la finca se hacía por una cancela que, cercana a la misma, denotaba ajetreo en su entorno debido al uso continuo (piedras del muro tiradas), como paso, en la movilidad del jabalí. Intuí que la cancela, o puerta de entrada a la finca, pudiera ser un sitio óptimo donde quedarme. Allí pudiera esperarlo, agazapado, con el oído bien atento, a la espera de notar algún pequeño ruido característico que saliese del bosque;  detrás del muro que contorneaba el terruño, a dos metros de la cancela, quieto y sin moverme, aferrado al arma (Breno 270), a poco que apurasen abajo los monteros y perros, la pieza no tendría más opciones que darse de bruces conmigo. Al menos esa era mi creencia e intención. Otras cosas distintas podían suceder. No fue el caso, como explicaré.  Estaba claro que el suido tenía querencia en hacer aquel recorrido: se había acostumbrado a transitarlo,  no en balde, las tierras de labor y cosechas que tan buenos y sabrosos dividendos le proporcionaban, se encontraban por encima de la pista que llega hasta el pueblo. Dejaba demasiado rastro, precisamente allí,  de su personalidad.

Todo este pensamiento lo trasladé al montero, quien de inmediato lo desecho. Insistía en la conveniencia de ponerme en la peña, lugar más pertinente, pues la experiencia le guiaba a la seguridad de aquel sitio. Le mostré mis reticencias a seguirle en aquella incomprensible intención. No obstante, nada convencido, todo lo contrario, acepté la orden, no sin antes hacer hincapié con un último intento de hacer valer mi postura, en la posibilidad de cubrir desde la cancela (la distancia sería  menos de  100 m., muy difíciles de andar, incluso para un jabalí, lo que me facilitaría el tiro) la  parte de la peña que me encomendaba guardar. Tampoco le convencía esta alternativa, por lo cual di por finalizado el “rifirrafe”, evitando llegar a mayores, pero siempre con el pensamiento contrario al inadecuado planteamiento, el cual no alcanzaba a comprender. Le hice caso a “regañadientes” y hacia allí me encaminé.  

Una vez en el puesto, calibradas desde el mismo todas  las posibilidades,  a mayor abundamiento de mi primera creencia,  pronto me di cuenta que no era el sitio correcto, cuestión que daba por hecho y que significó reafirmarme en mi posicionamiento. Tendría dificultades, caso de que el jabalí saliera por el prado, pegado al muro, pues este, me impediría su visibilidad, al estar cubierto de zarzas y arbolado, que desde la altura en que me encontraba, solamente me  permitían ver la parte central de la finca, quedando desvalida la zona más contra mí. En esas estaba, cuando dio comienzo la batida. Pronto el bicho, encamado en el monte existente por debajo del pueblo, salto a la palestra, inicio su escape. Las dudas se me agolpaban ¿Qué hacer?, en aquel sitio nada de nada. Decidido a marcharme en dirección a la cancela, cuando en ese instante un ruido se hacia cada vez más perceptible para mis oídos. Venía de abajo; los monteros habían levantado aquel ejemplar en una zona del monte próxima al río. Esperé expectante sin abandonar el puesto, el ruido se hacía más notorio y cercano. Entre los árboles y la maleza que cubría el muro, por detrás de este, pegado al mismo, a ratos vislumbraba una silueta  oscura que galopaba, cuesta arriba,  desesperadamente: pronto supe que era un jabalí de buen tamaño y también acerté al pensar que no subiría por la peña. Se encaminaba rumbo a la cancela, como predije, sin yo poder tan siquiera apuntarlo, sin visión para poder hacerlo, la frondosidad de los arbustos sobre la cerca me lo impedía. Quise moverme con el fin de atajarlo en la dichosa cancela (se escapó, sin yo poder hacer nada, más que lamentarme por haber hecho caso y no mantener mi postura firme ante aquel “cuentista”), saltando una vez más su cierre. El estado del terreno no estaba para hacer alardes ni florituras, corría el riesgo de que en alguna de aquellas múltiples oquedades de piedra introdujese una pierna, con lo que una situación así puede crear. Mis previsiones, la intuición que yo tenía, se cumplieron para mi disgusto. Terminada la cacería, me dirigí al batidor cerril, manifestándole mi disconformidad con su planteamiento y las  consecuencias habidas. Sin inmutarse me dijo solamente que había tenido mala suerte.

A los tres días siguientes, el jabalí fue abatido por una cuadrilla de la localidad donde reside el engañoso montero. Qué duda cabe que la picaresca de este individuo, dio frutos para sus allegados. La pieza cobrada resultó ser un macho de un gran peso, cuyos colmillos, una vez catalogados resultaron ser medalla de oro. El autor de los disparos y su trofeo, fueron objeto de reportajes en la prensa regional. El lugar de abate y cobro, se lo pueden suponer, no tengan dudas donde ha sido: la cancela de marras. El puesto en esta ocasión se encontraba, por recomendación del ínclito montero a sus compañeros de partida, a buen recaudo, cubierto debidamente: el cazador en su sitio, es decir, en la tan traída y llevada cancela.

En la caza, al igual que en todos los órdenes de la vida, abundan  personajes que se valen de estas artimañas para su propio beneficio. Ni que decir tiene que nunca más él y los suyos, fueron llamados por la cuadrilla a la que pertenecía a prestarnos sus servicios. La picaresca, ya nos lo tiene dejado dicho hace cinco siglos el gran Quevedo: es un patrimonio excepcional, exclusivo de los españoles, de reconocido prestigio…… inclusive allende de nuestras fronteras.

 

 

 

 

 

 

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publicado por eduardobros a las 06:47 · Sin comentarios  ·  Recomendar
 
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