Me refiero
en especial y únicamente hacia aquellos lances que vienen precedidos de un intenso trabajo en condiciones muchas veces perentorias,
debido a la climatología reinante en esos momentos, que hacen del arduo trabajo
de los monteros o batidores y perros, un
ejercicio de dura disciplina y constante brega en el cometido de sus funciones.
Para el
cazador responsable, enterado de estas dificultades añadidas, y teniendo en
cuenta lo que ello supone para el conjunto de los intervinientes, se le hace
más molesto el trance de tener que superar la desmotivación que produce un
lance fallido, no solo cuando las
circunstancias le han permitido realizar su ilusión por haber tenido la pieza
objeto de abate en el centro neurálgico de su visor o punto de mira, con la
presunción por su parte, de haber dispuesto de una ocasión de oro para dejar
zanjado todo el trabajo previo, sino que también, la sensación que nos deja el
no haber dado cumplida respuesta a las expectativas levantadas por los
batidores
Es evidente
que hay lances que, por su naturaleza, pueden resultar imposibles de consumar
con acierto, debido fundamentalmente a la configuración que se nos presenta del
mismo, que lo hacen sumamente complicado. No es fácil tener tino en el disparo
cuando la pieza transcurre a una distancia y velocidad que ya de por sí hace
dudar al apostado cazador sobre la mejor conveniencia de intentar abatirla
fuera de lugar y posiblemente a destiempo, sin que la pieza deje de exhibir sus
condiciones naturales plasmadas en una veloz huída y esquivo recorrido en pos
de su libertad y en defensa de la integridad de su anatomía.
No será en este supuesto la que debamos de
clasificarlo con la consideración de efecto errado, en todo lo que ello
significa. Interpretar las formas y definir con meridiana claridad lo que verdaderamente es un fallo clamoroso en
el lance, tiene fácil lectura. A todos nos ha sucedido con más frecuencia de la
deseada.
Cuando se
produce esta circunstancia, el fiasco que hemos producido y al que debemos de
enfrentarnos en primera instancia, casi
siempre no es reconocido por su autor, como propio, si acaso, la incredulidad se
apodera de nosotros, haciendo que busquemos causas ajenas, que nos exonere de nuestro
desatino y nos permita salvar nuestro ego. Cara a la “galería”, iniciamos un
proceso de análisis del cómo y porqué. Nos parece inaudita una ocasión perdida tan
sumamente propicia para abatir la pieza objeto de caza y no haber conseguido
dar cumplida respuesta Centramos nuestras dudas como referencia, en una serie
de supuestas anomalías que no se han producido y que, muy a nuestro pesar,
tenemos que reconocer no se han dado, y solamente ha sido, en esta ocasión, la impericia de que hemos sido capaces de
mostrar.
Achacar la
culpabilidad a una posible falta de orden de ciertos mecanismos (visor, punto
de mira) en el uso del arma empleada, no es lo correcto. No obstante el arma
tiene que gozar de todas las garantías que nos ayuden a lograr el éxito
deseado. De no ser así, si este utensilio y sus añadidos, no se encuentran en perfecto estado de revista,
debemos reprobarnoslo, puesto que la desidia, en este caso, fiel compañera, se ha apoderado de nosotros, permitiendo con
nuestra actitud, acudir a estos eventos de caza con algo que no ofrece
garantías. Por tanto, considero que, el arma, debe y tiene que ser revisada constantemente
y regularizarla, caso de que sea necesario.
Otra cosa, es el fallo, que nos ocurre con
harta frecuencia, que puede ser debido a
otras muchas circunstancias. Nunca imputables al elemento que pende de nuestras
manos. Es obligación del cazador saber el estado de lo que porta en todo
momento.