
Los datos
estadísticos son incontrovertibles a falta de otras consideraciones. A modo de noticia
fidedigna, ha salido a la luz pública,
vía Consejería, una serie de cifras
relativas a los abates de jabalíes en Asturias que de forma oficial se han
producido en lo que va desde el comienzo de presente siglo hasta nuevos días. En
relación con este asunto, algunas cosas transcendentes que deberían de ser añadidas
a lo publicado, no se han emitido.
Toca a los
cazadores asturianos reflexionar sobre el momento oportuno en que han salido
estas confidencias elevadas a primicias informativas. Nuevamente, una vez más, los
aficionados al deporte de la caza, especialmente aquellos practicantes de la
modalidad de Caza Mayor, son situados en el “ojo del huracán de la crítica
negativa”, producto de una sibilina e interesada versión de los efectos dañinos
que produce este animal montaraz cuando de buscar alimentación se trata. Se
culpabiliza a los cazadores, en definitiva, cargarles el mochuelo, de no ser más exhaustivos en establecer sus
cupos de abates; de ahí, según estos próceres de la oficialidad, la altísima y
sólida densidad de que gozan las piaras del cerdo salvaje en cuestión. Al
parecer, no hay más verdad que la dicha por el instructor.
El núcleo
del conflicto, aquel que produce mayores tensiones y crea alarma entre la
población se ha focalizado alrededor de las grandes ciudades, en zonas
específicas en donde la caza no está autorizada; las que
exhiben en su paisaje, antaño verdes praderías, una componente de enraizados y
altos matorrales que se han ido generando con el paso del tiempo por el
abandono del pastoreo. Es aquí, en lo intrincado que presenta la espesura de
los montes, en donde el jabalí encuentra hábitat garante para su refugio y
protección suficiente hacia sus filas, a
sabiendas de ser molestado mínimamente.
El Gobierno
del Principado tiene un problema de difícil solución que le urge resolver. Se ha dejado ir muy lejos en la
permisibilidad que ha supuesto la falta de limpieza de fincas particulares y
montes de utilidad pública, convertidos al día de hoy en grandes extensiones de
terrenos improductivos cubiertos de vegetación. Ello propició crear ventajosas
situaciones para el jabalí, que este omnívoro,
desde su poder demográfico ha sabido aprovechar con suficiencia en su
propio beneficio. No puede este gobierno, concretamente el Director de Recursos
Naturales, trasladar a los cazadores la responsabilidad de lo que sucede con el
jabalí. Se han aprovechado en muchas ocasiones hasta el límite, incluso
sobrepasado del cupo establecido. Sucede que no siempre es así, y, no por deseo expreso de los cazadores.
Se sostiene
que, recrear batidas con perros y petardos en zonas de seguridad limitadas por
autovías, carreteras nacionales y comarcales, sería una imprudencia que podría
traer serías consecuencias, en forma de accidentes de tráfico para los usuarios
de estas vía. No obstante, estos terrenos también albergan complejos
residenciales, viviendas unipersonales y caserías de labranza y ganaderas. Por
tanto, mesura y tacto en este capítulo.
En cuanto
al número registrado durante el periodo del tiempo citado, queda establecida,
según registros, en 116.537 ejemplares que se abatieron por la acción directa
de los cazadores. Estos son realmente los contabilizados, a los que sin duda
habrá que añadir otros, que no son pocos, por el contrario, más bien muchos, que no figuran en los archivos, de los cuales
no se tienen noticias, puesto que no han sido cobrados, obedeciendo a causas
diversas. Tratando de ser consecuente con el conjunto de las bajas producidas
de esta especie, se debe de interpretar que la cantidad ofrecida como un todo,
se queda corta, puesto que no se han tenido en cuenta aspectos circunstanciales
que están en el ánimo de cualquier atento seguidor.
El Lobo y
el furtivismo, son una realidad virtual de cuya trayectoria no se debe dudar.
El carnívoro ha hecho verdaderos estragos en la población jabalinera en los montes de la Cordillera Cantábrica. Por
todo ello interpreto que a la cifra de los 116.537 jabalíes que constan como
abatidos, se debe aumentar un porcentaje muy elevado de los que no se tiene
conocimiento.
Para
terminar, por no extenderme, justo lo necesario, quisiera referirme a las posibles soluciones que desde distintos
escenarios se vienen aportando en base a una supuesta eficacia. Algunas son del
todo pintorescas. Espantar jabalíes supone trasladar el problema a otras zonas, con lo cual estaríamos ente la “pescadilla
que se come la ola”, puesto que no se evaporan, ni los traga la tierra. La
colocación de cajas con cebos dentro. Seria este sistema un trabajo ímprobo;
llevarlos a un zoológico según se apunta la idea, sería irrisorio, desproporcionado, no ha lugar;
no sé cuántas cajas harían falta, cuanto de personal y cual su coste económico,
que estimo sería imposible de atender en momentos en que las arcas están agotadas.
Estos depósitos trampa no arreglarían el conflicto
Hay que
centrarse en efectuar lances en el modo de aguardos, en la medida que se
requiera. Es esta modalidad de caza limpia de ejecución, la que ofrece mejores
expectativas, puesto que se hace sin perros de rastro, la pieza no sufre acoso
y las detonaciones por arma de fuego del único cazador, con guarda acompañante,
son mínimas y con garantías de que su rasante es controlada sobre un objetivo,
casi siempre parado.
Se han
querido quitar el “muerto de encima” poniendo a los cazadores en la “picota” y,
no es así.