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El Coto de Bros
Blog de Caza
09 de Diciembre, 2015    General

RECECHANDO EN EL SUEVE GAMO MACHO TROFEO







Para quien aquí escribe, ha supuesto un hito de gran valor emocional que añadir a su  trayectoria como practicante de la actividad cinegética. El hecho es que, la posibilidad de efectuar un lance mayor a una especie venatoria en libertad de características tan señaladas, me surgió como resultado del sorteo que anualmente celebra la consejería del ramo, del Gobierno del Principado de Asturias, otorgándole a mi solicitud en el concurso público la condición de agraciado. Ello, me ha permitido el poder escoger en primicia, cualquiera de las muchas opciones que la bandeja de propuestas ofrecía.

Una vez que revisada oportunamente toda la oferta del listado, me incliné por aquella especie de caza como es el Gamo, que en su categoría macho-trofeo, no había tenido nunca antes oportunidad de cobrar.

La sierra del Sueve se encuentra localizada en el centro oriente de la región asturiana a caballo de los municipios de Colunga, Caravia, Piloña y Parres. La superficie es de 81 kilometros  cuadrados, entre el alto de La Llama y El Fitu. La cota media raya en los 1.ooo metros de altura y se encuentra distante  a 5 km. del Mar Cantábrico y  su extensión linea es de 12 km. en sentido  este-sudoeste. El Sueve es un espacio protegido y tiene la categoría de Reserva Regional de Caza. Esta cordillera, encadenada por numerosas elevaciones, fue incluida el 31 de de Mayo de 1.966 como Reverva Nacional de Caza del Sueve. Pasados los años,  una vez recibidas por el Gobierno Principado las competencias  en materia de gestión, uso y aprovechamiento de recursos naturales, paso a denominarse como Reserva Regional de Caza.

Refiriéndome al  gamo, se debe de significar que  los iniciales balbuceos de su repoblación en Asturias, datan de 1955. Los primeros ejemplares, procedían de Riofrio (Segovia), una reducida extensión de terreno, totalmente cerrada, propiedad en aquel entonces del Servicio Nacional de Caza y Pesca Fluvial. Fue pionera, como siempre, la Sociedad Astur de Caza, en tratar de dar consistencia a esta nueva especie cinegética en nuestra tierra. Once ejemplares fueron soltados en el Coto Piloña-Nava, gestionado por dicha sociedad, sin obtener el éxito que se esperaba. Cuatro años más tarde,  de nuevo por la Astur, cincuenta de estos cérvidos son introducidos para su aclimatación en los cotos de Carombo-Rio Melón (Amieva) y Sobrescobio, bajo los auspicios administrativos de la mencionada sociedad, sin lograr alcanzar las expectativas creadas. No obstante, en un tercer intento,  100 ejemplares de la misma procedencia,  fueron  liberados por el citado Servicio de Caza,  en  los concejos de  Luarca, Navia  y en la cordillera del Sueve.  A la vista de lo que acontece en ese escenario natural prodigioso, que es el  Sueve,  clasificado de protegido, debemos de considerar que solamente él,  en lo que se refiere a su reducto, tuvo capacidad de recepción y espacio, como hábitat apropiado, para ser colonizado con numerosos asentamientos de individuos de esta especie, de origen típicamente mediterránea.

Sobre esos terrenos de caza, en la actualidad tan sumamente consolidados, foco de atención de numerosos aficionados de muchas partes del ancho mundo, debido a las  prestaciones que ofrece la densidad y calidad de  su variada fauna cinegética, centré mis aspiraciones una vez recibida la oportuna autorización. Sería un tiempo largo de espera, dentro del año 2015. Varias veces me trasladé hacia aquellos dominios con la finalidad de captar sensaciones. La niebla, en esas programadas visitas, tuve por pertinaz compañera, presagio de que en aquellas zona montañosa se instala con frecuencia esta adversa condición climatológica. De cualquier manera  y debido a estas circunstancias que la naturaleza suele depararnos,  me hice  la idea de lo que más fácil podía encontrarme.

Llegado el día, con todo lo que supone estar en orden, sin dejar nada a cargo de la improvisación,  Albert, Jacobo y Jesús, serían quienes, en este trance,  estuviesen a mi lado; me arroparían en todo lo posible, dentro de la legalidad,  con su estimable ayuda. Salida de Oviedo a las seis y cuarto de la mañana; la expedición caminaba lenta, buscando seguridad (niebla en la carretera) en el rodar de los vehículos en el trayecto que nos llevaría a la localidad asturiana de Arriondas. Llegados, sin novedad al punto de encuentro con el guarda acompañante, saludos de rigor; revisión de los documentos obligatorios para realizar el permiso, café estimulador; pequeña charla orientativa,   nuevamente en marcha, rumbo al cazadero.

A destacar lo importante de las buenas condiciones climatológicas de que hemos podido disponer  durante el tiempo que duro el permiso. En aquellos parajes de extraordinaria belleza brillaba el sol con fuerza; cielo azul en los comienzos del nuevo día; temperatura moderada, idónea para caminar, viento en calma. Ni rastro de las relevantes y fastidiosas nieblas que suelen cohabitar, durante muchos días del año, incrustadas en la espectacular naturaleza que nos acogía.  En definitiva,  condiciones excepcionales, que no cabe duda, me facilitarían la labor. 

Normalmente, me informaba el guarda, el gamo suele vivir en grupos más o menos numerosos, reuniéndose los machos por un lado y las hembras con las crías, por otro. Será hacia fínales del verano cuando los machos se dispersen en busca de las hembras estableciendo su selección preventiva para desarrollar el celo, lo que en el argot se  denomina “ronca”,  alcanzando su máximo apogeo durante el mes de octubre. Una vez finalizada esta, los machos abandonan el grupo buscando recuperarse de sus excesos reproductores; se alejan en busca de paz, orillando en zonas bajas, de mejores pastos. En la causa del apareamiento, han perdido mucho peso, se supone entre 20 y 30 kilos. Y lo mejor es el descanso, no ser molestados y una buena alimentación que les faculte recuperarse,  ganar peso y fuerza.

Rodábamos en ascensión continua por la pista forestal de cuatro km. y medio que une el Alto de la Llama con la emblemática majada de “Les Espineres”, conocida por celebrarse allí todos los años la fiesta del marcaje de caballos de raza autóctona asturiana  Asturcones, con la finalidad puesta de alcanzar ese punto de llegada, dejar los todo-terrenos, y salida hacia observatorios apropiados que nos facilitasen la localización de alguno de estos ejemplares. Nada difícil por otra parte, puesto que hay una razonada densidad de gamos que con frecuencia se asoman con su cornamenta, entre los recovecos de las vegas y pequeños bosquetes de variada naturaleza. Otra cuestión es el marcaje que hacen  de la distancia,  siempre prudencial para ellos cuando detectan peligro, huyendo a salvo de cualquier contingencia que les pudiera afectar.

Con prontitud la situación se nos tornó favorable, esta circunstancia se nos hizo patente con el avistamiento de un grupo de machos (9), entre los que destacaba uno que caminaba altivo, pleno de suficiencia y elegancia,  portador en su testa de unas buenas “paletas” que le identificaba de continuo,  y  que,  en caso de que me diese opciones de hacerle una entrada, sería objeto de un lance que cumpliese con mis deseos de cobrar un bonito ejemplar.Tarea harto complicada, dada la continua movilidad de estos animales en terrenos abruptos y rocosos, si avistan extraños, siempre atentos a cualquier movimiento que no sea reconocido, controlaban nuestros pasos dentro de un perímetro abierto, girando con insistencia alrededor del mismo. El macho “alfa” de aquel grupo dirigía la estrategia de superar el acoso a que les  sometíamos.  

Se nos escapaban de continuo, impidiéndome poder centrar su lugar de ubicación con claridad. Después de un continuo ir y venir, surgió la oportunidad de efectuar un disparo al macho escogido; una ocasión sobrevenida, la cual no esperábamos, que personalmente entiendo como una pérdida momentánea del sentido de orientación de aquel grupo, en relación con nosotros, que nos facilitó, por escasos segundos, poder contemplar la figura de la pieza deseada. Fue un instante en que pude dejar zanjada la cuestión, pero, para mi sorpresa,  erré el tiro, a  pesar de la escasa distancia en que se encontraba el objetivo a que apuntaba. Una decepción momentánea, que no influía, ni un ápice, mi estado de ánimo en cuanto a motivación; quedaba mucho tiempo por delante y, seguro, habría lugar a repetir el lance, aunque siempre con la vista puesta en cobrar aquel  señalado “paleto”   

La detonación en aquel pequeño valle hizo que los marchantes cambiasen su estrategia de huida, resueltos como parecían, a distanciarse a su mejor y segura conveniencia. No contaban, sin duda, con la sagacidad del guarda acompañante Ramón, gran conocer de aquellos vericuetos; de las costumbres de aquel tipo de fauna, consecuencia lógicas de análogas situaciones vividas que le han permitido  adquirir  la  experiencia necesaria.

Ascendían con determinación por un irregular terreno, conformado por depresiones en forma de hoyas y algún que otro tejo, ocultos unas veces, otras mostrándose medrosos y esquivos; todo hacia prever el lugar a donde supuestamente se dirigían: zona boscosa, de alta maleza. Tras su estela tratando de no perderles de vista, caminábamos decididos a encontrarles en un punto de referencia. Por Ramón el guarda fueron avistados entre una nube de zarzales. En aquel instante me instó a efectuar un disparo, mas como medida preventiva que buscando efectividad en el cobro de la res, puesto que lo haría en condiciones precarias sin apoyo y serias dificultades en situarlo en la cruz del visor; estimaba el guarda, era necesario hacerlo así, puesto que con esta medida trataríamos  de cortándoles el paso con el ruido cercano a sus oídos.

Seguí las instrucciones haciendo detonar el arma, apuntando en la dirección que apreciaba, aunque con escasa perspectiva de abatir la pieza, dada la distancia que nos separaba del objetivo; sucedió lo esperado: efectivamente, al oír el estruendo giraron ascendiendo hacia la cumbre con la intencionalidad de sobrepasarla poniendo tierra por medio en dirección al valle de procedencia, terreno fiable, cabe presumir,  en tutela de su seguridad. Instalados y ejerciendo las veces de observadores  en aquellas alturas, Jacobo y Jesús, “ojo avizor; sin despeinarse y desordenar los moldes de sus figuras varoniles”, los vieron de cerca salvar aquel desnivel manteniendo a vista la posición en donde se encontraban, de cuya situación fuimos informados. Todo presagiaba que su lugar de destino del grupo de machos sería buscar refugio para pasar la noche en las hondonadas cubiertas de pequeñas praderías tapizadas de arboleda de variada composición. 

      NIEBLA EN LA MAJADA DE ESPINERES-SUEVE 

Otra vez al punto de partida y, en esta ocasión, pensando que sería la última oportunidad de la jornada; el día daba síntomas de comenzar a declinar su luz, nos acercábamos a las cinco y quince minutos de la tarde de un veintitrés de noviembre. Suponía volver a empezar, pero con escaso tiempo por delante. El guarda, experto conocedor de lo que podía suponer este contexto, por este día (me quedaba otro; el siguiente),  ya al límite de las posibles oportunidades, tuvo la iniciativa de adelantarse de mí lo suficiente, aunque no lejos, para cotejar la información recibida de los “vigías” Jesús y Jacobo.

 Situado Ramón en un risco, sin asomarse, prismáticos en ristre, procurando no ser visto ni dar vientos, semi-oculto,  me hizo una seña para ponerme a su lado. Llegado hacia él, le vi decidido a situar la mochila en un pequeño canto, todo un presagio de lo que me esperaba a continuación; asentado debidamente, apoye el arma en lo confortable de aquel zurrón, a lo cual configuré mi cuerpo buscando comodidad. Orientado por Ramón el lugar en que se encontraban, siguiendo sus instrucciones, pronto descubrí, a través del visor,  la semblanza física del macho elegido. Parado, me ofrecía un blanco perfecto; la distancia podría cifrarla en sesenta y cinco, setenta metros. Con las cosas así, estaba convencido de que, en esta oportunidad, el lance no podía resultar fallido. A la primera, el impacto tuvo sus efectos determinantes. El  7 mm. R.M., munición KS, 162, gr,  hizo el resto.  Lo vimos caer. Me encaminé hacia el animal con la voluntad de dejar zanjado el lance en evitación de un sufrimiento innecesario.

En definitiva, una magnifica jornada de caza para el recuerdo. En esta ocasión, a diferencia de otros recechos, he tenido la posibilidad de desplegar  tras la pieza, conceptos básicos que anidan en el alma de todo cazador que se precie. Experiencia de las que hacen afición. Acompañado y dirigido bajo los auspicios de un profesional del cuerpo de guardería de la reserva que, debo de reconocer, considero justo hacerlo, destacar la capacidad del alto nivel de atención y servicio dentro de la normativa, de  que ha sido objeto  el titular de este permiso.

Para Alber, en intendencia, siempre atento y dispuesto; Jacobo y Jesús, con la vista hecha un “crisol”, y fuerzas en el arrastre de reconocido prestigio,  mi agradecimiento por la valiosísima entrega en la colaboración que me prestaron. Sin ellos, las cosas, estoy seguro,  hubiesen sido muy distintas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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publicado por eduardobros a las 07:15 · Sin comentarios  ·  Recomendar
 
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